
ReL. El padre salió de casa. La madre también. Y ahora también los hijos. ¿Quién queda en casa, en el hogar?
Tradicionalmente el hombre, varón y mujer, ha trabajado en casa. En la casa amplia, los campos cercanos de labranza y ganadería, el taller de la planta baja, o la casa, propiamente dicha, donde hay que limpiar, cocinar, y por supuesto cuidar y educar a los hijos, principalmente cuando son pequeños. Son trabajos complementarios y a la vez necesarios. Uno trabajaba “al lado” de casa y la otra “dentro” de casa.
Con la revolución industrial el varón, en una alta proporción, salió de casa. Disminuye el número de los que trabajan en la casa amplia y aumentan los que trabajan en la industria. A las largas jornadas de trabajo se añadía ahora la lejanía en el trabajo, la lejanía de casa durante gran parte del día.
A mitad del siglo XX, sobre todo con la revolución sexual y los nuevos feminismos, se fue generalizando que también la mujer trabajase fuera de casa, que estuviera largas horas fuera del hogar.
Ante una y otra situación, los niños permanecen solos en casa durante mucho tiempo. Unos se quedan solos porque sus padres tardan en llegar (aunque tengan buenas cuidadoras). Hay niños que pasan mucho tiempo en otras “casas”, ya sean academias, clases extraescolares en los colegios, etc. Y en los últimos años también los niños están muchas horas fuera de casa, navegando por las redes sociales. Físicamente pueden encontrarse en su habitación, pero intencionalmente, anímicamente, virtualmente, están fuera de casa.
El padre salió de casa. La madre también. Y ahora también los hijos. ¿Quién queda en casa, en el hogar? La casa, cada vez más, se queda vacía. No es justo ni sano despotricar fácilmente contra esta vaciedad, pero sí conviene que pensemos en este cambio social, que asimilemos este nuevo “esquema social”, y que analicemos sus pros y sus contras. ¿Esta situación es la mejor para nuestro futuro? ¿Cómo debemos posicionarnos y relacionarnos con esta nueva cultura?
La casuística de las familias, y de los individuos, es muy amplia, pero la naturaleza de unos y otros no es tan distinta. Y esta naturaleza no cambia por los cambios sociales, en cierto modo externos a nuestro interior. Externos, pero que a la vez influyen, para bien o mal, en nuestro interior. El hombre, varón y mujer, en el siglo I, en el XIX o en el momento actual, sigue buscando y anhelando una comunidad de amor, íntima, estable, armónica y donde reinen la confianza y la alegría, una comunión de personas.
Seguimos anhelando esa familia que gira en torno al hogar, un sitio donde esperamos a alguien y/o alguien nos espera, donde pasamos tiempo juntos, lo gastamos y lo invertimos. La familia está en crisis, dicen, pero los jóvenes de hoy, como los de hace 50 o 100 años, anhelan esa unión de la familia. Y aunque aumenta el miedo a que “se acabe el amor” o “se rompa la familia”, ese mismo miedo nos muestra el anhelo del corazón. Y siempre se ve con asombro, y con una sana envidia, a esos matrimonios felices que cumplen sus bodas de oro.
Algunos hablan, y la imagen es correcta aunque hay que saberla entender, de que la crisis de la familia, y la consecuente crisis social, llegó con la aparición de dos inventos: la televisión y la calefacción central.
La televisión, con sus múltiples cabezas actuales, los múltiples canales y los distintos dispositivos (ordenador, tablet, móvil…). Se acabaron muchas conversaciones familiares, mucha convivencia, porque en el salón tiene un puesto prioritario la televisión. Y no solo en el salón, sino también en cada cuarto. Y cada habitante de la casa se separa del resto de la familia para priorizar esta compañía.
La calefacción central ha sustituido a las chimeneas, con la vida que se generaba en torno a ellas. Se han dejado en el trastero las mesas camillas, con su brasero abajo y su faldón, que conserva el calor de los que se sientan en torno. Estas camillas centralizaban el calor físico, pero también el calor del hogar, la convivencia, las conversaciones profundas e intrascendentes, pero conversaciones en familia, al fin y al cabo.
La sociedad progresa, y no pretendo demonizar la calefacción ni la televisión ni la tecnología. Pero cualquiera puede constatar que se han producido grandes cambios sociales, ha cambiado el modo de comunicarnos, y también aquí tenemos que actualizarnos, reflexionar, valorar los pros y los contras de esta sociedad. El tiempo no tiene marcha atrás, y el progreso tampoco. Pero es importante preguntarnos: ¿qué futuro queremos, para nosotros y para nuestros hijos? ¿Y qué tenemos que cuidar para que ese futuro sea como nos gustaría, más humano y más lleno de amor y felicidad?