La inteligencia artificial, ¿una inteligencia humana?

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Forum Libertas. La herramienta es muy potente, nos puede ayudar mucho en muchas tareas, pero recuperando la sabiduría de Juan Pablo II, la felicidad no está en tener, en hacer, sino en ser. Y esa felicidad del ser no puede ser sustituida por una gran potencia y complejidad en el hacer.

Estos últimos meses hay un tema de moda, parece una hidra de cien cabezas: la inteligencia artificial. Se habla de manipulación de noticias e imágenes, de su uso en publicidad, en sanidad, en lo que nos quieren vender o en cómo vender, de su repercusión en el mundo laboral, presente y futuro… Todos hablan de ello, aunque no sé  cuánto conocemos y analizamos este tema.

La Iglesia, Madre y Maestra, experta en humanidad, también ha querido aportar su palabra, sus reflexiones y su orientación.

Nos invita a profundizar en este tema, a analizar sus luces y sus sombras: ni todo es maravilloso gracias a la inteligencia artificial, ni es algo de lo que hay que alejarse como del fuego, la muerte o el demonio. Ahí está el documento “Antiqua et nova”, que me ha servido de inspiración en estos párrafos.

En primer lugar. Aunque parezca obvio, nunca debemos olvidar el sujeto de cualquier avance tecnológico, o sea, la persona, cada uno de nosotros. La inteligencia artificial, aunque lleve el apellido de “generativa”, es un producto de la inteligencia humana. Hablamos de “inteligencia”, pero esta palabra no significa lo mismo en un caso y en otro.

La inteligencia artificial incluye un procesamiento de gran cantidad de datos, una búsqueda de patrones y algoritmos a gran velocidad. Es una realidad cuantitativa, contable, sujeta a las leyes materiales de la física. La inteligencia humana, en cambio, tiene un contacto con la realidad, una empatía, un experimentarme como sujeto. Esto  va más allá de los puros datos, aunque sean muchos y se procesen, se calculen a gran velocidad.

El paradigma base de la inteligencia artificial es el funcionalismo: Que esta tarea se cumpla, este problema se resuelva de acuerdo con una serie de leyes, limitadas y siempre sujetas a materialidad. En definitiva, que el mundo “funcione”. Analiza gran cantidad de datos cuantitativos, tiene una capacidad altamente sofisticada para realizar tareas, cumple funciones según unos datos de entrada, pero no vive, no es, en el sentido fuerte del verbo ser.

El hombre, además de “hacer” cosas, experimenta la realidad, de la que él mismo forma parte. Se implica en sus acciones, vive una continua encarnación y experiencia existencial. Y ahí trasciende la mera comprensión cuantitativa. En definitiva, capta la verdad, se interroga ante ella, y se relaciona personalmente con sus compañeros de camino, con el resto de los hombres.

Este tema, y su evolución, suscita varias preguntas, en las que merece la pena detenerse.

  1. ¿Perderemos nuestra capacidad crítica? La obtención de respuestas tan dinámicas, simulando una inteligencia humana, puede comprometer seriamente nuestra capacidad personal de analizar, “criticar” las respuestas. ¿Quién va a llevar la contraria a lo dicho por la inteligencia artificial? ¿Y basándonos en qué conocimientos, si partimos de que todo conocimiento será filtrado por ella misma? Es uno de los eslabones débiles de cualquier autoritarismo: todos estamos vigilados, pero ¿quién vigila a los vigilantes? ¿Quién alimenta y entrena a la Inteligencia artificial?
  2. ¿Perderemos nuestra capacidad de decidir? Esta unidad férrea en los conocimientos que nos serán presentados compromete también seriamente nuestra misma capacidad de decidir. Cuando buscamos algo en Google tenemos una pequeña capacidad de elección para entrar en la primera respuesta propuesta, o en la 25. Pero si solo se nos ofrece una respuesta, ¿dónde queda la elección, esa parte más externa de nuestra libertad?
  3. ¿Perderemos nuestra especificidad y creatividad? Con este sistema “generativo” corremos también el peligro de reducir nuestra creatividad, nuestra investigación en la parte cualitativa de los datos, en la experiencia más puramente existencial, hasta existencialista.
  4. ¿Es justa la inteligencia artificial? La respuesta políticamente correcta sería “depende”, aunque estrictamente se puede negar que la inteligencia artificial sea justa. La justicia presupone un sujeto que analiza, juzga y decide libremente. Si presuponemos la justicia de sus programadores y de sus educadores, podríamos afirmar que su actuación parece justa; pero esta justicia está, o falta, en los diseñadores de los algoritmos y en la diversidad de datos que se introducen. Es sabido, por ejemplo, que muchas aplicaciones médicas de inteligencia artificial en Estados Unidos tienen un sesgo contra la población afroamericana, como mínimo debido a la escasez de datos sanitarios de esta población. Por esta “no justicia” la responsabilidad de la inteligencia artificial recae sobre los diseñadores, educadores y usuarios de esta tecnología.
  5. ¿Dónde quedan, finalmente, las relaciones personales que permean nuestra existencia, en el plano intelectual y también en el plano humano, afectivo, sentimental? Las decisiones no son simplemente el fruto de un cálculo de beneficios, ni siquiera de bienes objetivos; siempre está presente la subjetividad, incluso cuando esta os lleve a equivocaciones y malas decisiones.

Como en cualquier descubrimiento y avance tecnológico, estamos ante una herramienta. Y la herramienta es muy potente, nos puede ayudar mucho en muchas tareas, pero recuperando la sabiduría de Juan Pablo II, la felicidad no está en tener, en hacer, sino en ser. Y esa felicidad del ser no puede ser sustituida por una gran potencia y complejidad en el hacer.

La herramienta es muy potente, nos puede ayudar mucho en muchas tareas, pero recuperando la sabiduría de Juan Pablo II, la felicidad no está en tener, en hacer, sino en ser